El debate pendiente del Vía Crucis

Siempre de frente

Hace justo una semana el pleno de hermanos mayores debatía acerca de la posibilidad de modificar la fecha del Vía Crucis, trasladándola del primer lunes de Cuaresma a un sábado. Argumentos había a favor y en contra para cualquiera de las opciones que se pusieron sobre la mesa.

Hace ya varias décadas se optó por el lunes por ser esta una jornada casi huérfana de cultos cuaresmales. El hándicap es que hablamos de una jornada laborable y que, se quiera o no, a una determinada hora las calles quedan prácticamente desiertas.

La propuesta del sábado solucionaba esta última cuestión, pero chocaba con el espíritu inicial de interferir lo menos posible en los cultos internos de las cofradías.

Zanjado este debate, se antoja necesario iniciar uno nuevo que nos aclare cuál es el objetivo último del Vía Crucis de las Hermandades.

De un tiempo a esta parte parece confundirse el acto piadoso que siempre habíamos conocido con una procesión extraordinaria de Cuaresma, en la que importa más el traslado de la imagen a la Catedral que aquello que se celebra en su interior.

No digo yo que el traslado de una imagen al primer templo diocesano no deba revestirse de la dignidad necesaria, pero estarán conmigo en que para ello no es necesario que las andas que se utilicen sean cada vez más grandes, ni que hayamos pasado de los tríos de capilla a las ‘minibandas’.

Tanta ‘dignidad’ han alcanzado estos traslados que buena parte de sus participantes opta por esperar fuera de la Catedral a que la imagen vuelva a salir a la calle, pasando olímpicamente del Vía Crucis que en teoría lo justifica todo.

Más allá de si se hace un lunes o un sábado, lo que entiendo que las hermandades deben plantearse es si quieren compartir la celebración de un Vía Crucis o si lo que realmente les apetece es abrir la Cuaresma con una procesión extraordinaria. Otra más…

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