La balanza

Las pamplinas de @JosAntonioNez

Ya lo sé, “otra vez lunes”. Tú piensa en positivo; para que llegue el “viernes a las dos de la tarde” primero tiene que venir el “lunes a las ocho de la mañana”. Y, a Dios gracia, ya está aquí.

Déjame que te cuenta una cosita que me pasó no hace mucho. Estaba en “el lugar y a la hora donde se dicen las verdades”… ¿Qué cual es ese sitio y esa hora? Pues en la barra de un bar a la hora en la que se pide la penúltima. Siempre la penúltima, que la última es la que te sirve San Pedro cuando cruzas el puente. Yo creo que sí has sido bueno San Pedro te recibe en tu barrio un día luminoso con media de fino helada que nunca se acaba, pero de lo contrario, si no has llevado una vida muy ordenada, te recibe con una botella de agua sin gas y un letrero que dice “AYER SE ACABÓ LA SEMANA SANTA”… qué mala leche hay que tener para recibir a alguien así, qué mala leche…

Pues eso mismo, estaba pidiendo la penúltima cuando me viene un amigo, bueno un amigo no, mi amigo Gordi, que es uno de los secuaces más fieles que una persona puede tener. Es tan noble que una vez se nos olvidó en una caseta de Feria y cuando volvimos a por él nos dijo con el codo apoyado en la barra y con una mirada mezcla de costalero antiguo y Clint Eastwood en el Gran Torino: “Sabía que volveríais a por mí… el bote que hemos puesto lo tengo yo”. Un sabio de cuna en toda regla. Cuenta la leyenda que jamás se le ha visto con resaca y que ha sido el único que ha ido a una boda gitana y la ha visto corta de bebida. Un tío grande, tan grande que no sabe conjugar el verbo “quejarse”, ni tiene intención de aprender a estas alturas de la vida. Cómo me enrollo… decía que pidiendo la penúltima me mira y me suelta: “Joselito, qué feliz soy”

Lo primero que hago al escucharlo es mirar detrás de mí a ver si es que está viendo algo que le motive a  decir eso, me giro y no veo un palio de vuelta, ni un “2×1” en raciones de jamón ni nada de nada…

Ea, pues ahí lo llevas, un pregón a la vida en toda regla con tres palabras, solo tres palabritas: “que feliz soy”, y lo peor es que el tío me suelta eso y se queda tan tranquilo. Una persona que la vida le ha metido, mejor dicho, le ha intentando meter la cabeza en todos los charcos que había a su paso mientras él se dedicaba a ponerle claveles a la Esperanza con una sonrisa renovada me suelta ese demoledor “qué feliz soy”. Este tipo es de esas personas que sería capaz de hacer gárgaras con la tierra de su propia tumba sin proclamar a los cuatro vientos lo mal que lo ha pasado… muy diferente fue la vez aquella que probó sin querer una cerveza sin alcohol y tuvimos que ingresarlo para que le hicieran un lavado de estomago y el colega iba diciendo mientras lloriqueaba en la ambulancia “Quillo, de esta no salgo, que yo he escuchado que la sin alcohol puede llegar a ser mortal, que la sin alcohol es mala, muy mala” (Para que os quedéis tranquilos deciros que se recuperó, le costó pero se recuperó, eso sí, le han quedado secuelas psicológicas)

La penúltima pasa a ser la antepenúltima y pienso “es verdad, que poco reacios somos a decir que somos felices cuando lo tenemos todo para serlo“. Somos más propensos a decir: “el otro día perdí el autobús, el otro día se me pasó la paella”. ¿Y qué le importará al personal que hayas perdido el autobús o se te haya pasado la paella? Al personal lo que de verdad  le importa es saber el secreto de las espinacas con garbanzos del bar de la esquina y que no le compliquen más la vida… es que hay que ver el personal como guarda en secreto la receta de las espinacas con garbanzos, antes te da la clave de la tarjeta, del wifi y las llaves del piso de la playa antes de revelarte la receta de las espinacas con garbanzos.

Seguro que a ti te pasa lo mismo que a mí que me encanta rodearme de personas que son capaces de poner en la balanza lo bonito de la vida y olvidar esa “ay pena, penita, pena” (¡Viva Lola Flores caramba!), que de vez en cuando se cruza por el camino. Que sí, que sí, que hay penitas muy complicadas de superar como por ejemplo cuando lees ese maldito cartel que ponen en los bares de “CERRADO” o ves un tramo de nazarenos y van la mitad con la túnica más arrugada que las manos de Paca Rico, pero bueno, no se puede ir todos los días con esas “penitas por bandera”…por cierto yo tengo un remedio milenario que elimina toda pena por muy enquistada que esté, ¿que cuál es mi remedio infalible?. Sencillo: una entera con jamón cada 24 horas.

Poner en la balanza lo bueno, lo bonito, ese momento para recordar, ese…¡RING, RING, RING¡ Un momentito por favor:

– ¿Sí, dígame?
– Niño
– Hola abuela, ¿Cómo estas hija?
– Como el “FUNDADOR”, oye ¿qué estás haciendo?
– Pues mira aquí escribiendo una pamplinas para la columna de los lunes.
– ¿Aún no te han echado esos señores?
– Que va abuela aún no.
– ¿Y sobre qué estás escribiendo?
– De las balanzas de la vida
– Eso, eso, que el pescadero de la plaza creo que la tiene trucada, que le pido el otro día una pescada cortada en rodajas para freír y te digo yo que no pesaba lo que me dijo.
– Ya abuela, pero no es sobre esas balanzas, es sobre las cosas buenas que hay que poner en la balanza de la vida.
– Que cosa más aburrida, pon lo de la balanza del mercado que eso le interesa mucho más a la gente, por cierto…
– ¿Díme?
– ¿Has planchado ya la túnica?
– Te como abuela, te como…

Perdonen, pero era una llamada de mi Community Manager para proponerme unos temas y demás.

Por cierto, a las abuelas les pasa lo mismo que a los niños. La balanza la tienen trucada y solo son capaces de ver lo bueno de la vida, esto no lo digo yo lo dice la Constitución española en su artículo 54.6-b, cito textualmente: “Las abuelas al igual que los niños tiene el derecho y la obligación de no tener en su balanza vital la parte negativa, es decir, solo tendrán dos partes buenas y si alguien intenta explicarles que la vida tiene una parte jodida se le obligará a esa persona a viajar a una ciudad sin Semana Santa el Viernes de Dolores mientras sus amigos lo llaman cada cinco minutos para decirle que salen todas las cofradías en su pueblo”.

La balanza de la felicidad siempre la gana la frase “una ración por cabeza”. Yo no conozco a nadie que sentado en una mesa haya escuchado la frase “una ración por cabeza”,   y haya dicho “No Dios mío, ¿a mi por qué? No me lo merezco. Todo me pasa a mí. No levanto cabeza”… ¿es o no es? Que hasta el cobrador del último recibo del OCASO sonríe si le ponen por delante una ración para él solito.

Los cofrades tenemos una gran habilidad en colocar rápidamente cositas en el lado bueno de la balanza cuando vemos que empieza a decantarse para el otro lado, son cositas que sabemos que no tienen rival; un cartucho de pescao frito con dos litronas heladas, un cuñao hablando de cofradías en la barra del chiringuito, una madre sacándole el dobladillo a la túnica de monaguillo de su nieto, un vientecito que se lleva esas nubes de encima del paso. Y es que Sabina debería de saber que todos los meses de abril que le robaron los tenemos los cofrades en el lado bueno de nuestra balanza… que para eso los meses de abril se hicieron única y exclusivamente para nosotros.

Y es que hay frases que las puedes decir en la puerta de un tanatorio y  son capaces de hacer que el personal descorche sonrisas y vuelque la balanza del lado bueno, a saber: “Y dentro de una semana la primera en la calle” o “Dan bueno para toda la Semana Santa” o “Ya se ve la última pareja de ciriales”…Te has puesto nervioso solo de leerlas, así me gusta, lo importante es lo importante y eso los cofrades lo sabemos de sobra.

“Que feliz soy”. No cabe tanto en tan poco… mejor dicho, no cabe tanta verdad en tan pocas palabras. Sé feliz que la vida “pasa” como cantaba Pata Negra y pasa con la misma belleza y rapidez que Santa Marta de vuelta…

Y tú, ¿eres feliz? Pues si lo eres díselo a esa persona que lleva tanto tiempo esperando escucharlo, que la felicidad al contarla la multiplicas. Que la vida pasa, pasa y pase lo que pase es lo mejor que tenemos ¿que por qué? Porque es vida y es nuestra, así que mejor será mover siempre la balanza del lado de la felicidad… que lo importante es vivir y ser feliz que el dinero se queda aquí para la gente que le gusta contar.

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