El papel histórico de las hermandades jerezanas en el mes de los difuntos


El mes de noviembre es, por antonomasia, el periodo del año que la iglesia católica dedica a conmemorar a los fieles difuntos. Es el mes de los rezos por las almas de todos los fallecidos y las cofradías jerezanas, desde hace siglos, han jugado un papel importante en este cometido.

Así, diversas hermandades tienen constancia de la tarea que llevaban a cabo, planteándolas incluso en sus propias reglas, tal y como argumentan los historiadores jerezanos Eugenio Vega y Francisco Antonio García, que visitaron el programa Luz de Pasión, que se emite en Ondaluz Jerez, para hablar del papel histórico de las hermandades en este mes y de sus antecedentes.

El responso como eje fundamental de algunas de ellas en su origen dio paso a lo que conocemos como hermandades penitenciales, centradas desde entonces al apartado cultual contemporáneo –puesto que el culto a los difuntos, como decimos, ya existía desde el origen de estas corporaciones–. Estos enterramientos no estaban centrados en los fallecidos pertenecientes a estas cofradías, sino que se extendían a la población jerezana en su totalidad, por su condición general de católica.

Los responsos tenían como eje central a las iglesias jerezanas. Estos se llevaban a cabo en las inmediaciones o dentro de las mismas.

Así pues, con las iglesias jerezanas como ejes de estos enterramientos, se describen diversas manifestaciones en algunas cofradías sobre los cometidos durante todo el año y especialmente en este mes de noviembre.

Cinco Llagas

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Se ha documentado que al fallecer un cofrade, sus hijos o criados (no dice esposas), la cofradía llamaba a todos los cofrades, para que portando 24 hachas de cera acompasen al difunto en su entierro. Con insignias de la cofradía a la iglesia en que se celebrase el entierro.

Soledad

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Entierro de huesos desamparados: una obra de misericordia que se propuso fue dar cristiana sepultura a los cadáveres en sepulcros o sus restos que yacieran fuera de lugar sagrado.

La primera descripción de estas ceremonias consta en el año 1609. La hermandad había buscado por el campo sitios donde había noticia de que se habían enterrado personas muertas sin amparo ni quien se cuidara de su entierro. Habían sido localizadas 25 personas. Estos restos fueron depositados en cinco cajas. Se organizó una gran ceremonia en la plaza del Arenal y, posteriormente, los restos fueron enterrados en la iglesia de la Victoria.

Esta labor asistencial tuvo tanta importancia que dio origen a una nueva hermandad, a modo de filial, que posteriormente se desvinculó de la Hermandad de la Soledad.

Santo Crucifijo y Vera Cruz

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Todos los hermanos quedaban en la obligación de acompañar en su entierro al cofrade difunto. Si eligiera el convento de Guía para enterrarse, entonces se dirán por él tres misas, dos rezadas y una cantada.

Expiración

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En noviembre se tenían sufragios por las Benditas Ánimas, convertidos luego en novena. A finales del XVIII se celebraba un rosario nocturno de Ánimas que se concretó en una cofradía filial, la cofradía del Rosario de Ánimas.

Angustias

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Una de las obras de misericordia era el entierro de los pobres.

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