¿Algo bajo el humo del incienso?

Siempre de frente

Cuando el Papa Francisco anunció la celebración del Jubileo que acaba de finalizar, invitó al pueblo de Dios a redescubrir las obras de misericordia corporales y espirituales. Entre las primeras destacó algunas tales como dar de comer al hambriento, acoger al forastero, asistir a los enfermos o visitar a los presos. Entre las segundas, ofrecer consejo a quien lo necesitase, consolar al afligido, perdonar ofensas o rezar por los vivos y los difuntos.

La Diócesis de Asidonia-Jerez clausuró el Año Jubilar de la Misericordia este pasado domingo, con un pontifical oficiado por monseñor Mazuelos y presidido por la Reina del Transporte. Al igual que ocurriera hace apenas un año con el inicio del Jubileo, la solemne eucaristía daría paso a una procesión extraordinaria.

Prácticamente en paralelo con la clausura del Jubileo, el obispo auxiliar de Sevilla, Santiago Gómez, ha advertido de la posibilidad de que se confunda “la fe cristiana con la afición al mundo cofrade”, no sin reconocer que lo segundo puede llevar a lo primero.

Con independencia del análisis que pueda hacer el prelado hispalense, tampoco está de más que se reflexione sobre el verdadero sentido que damos a este tipo de celebraciones, cuyos objetivos iniciales suelen quedar a menudo relegados a un plano inferior con respecto a las manifestaciones públicas de fe, vulgo procesiones.

En los últimos doce meses han proliferado las excursiones a ciudades de media Andalucía con el pretexto de disfrutar de esas expresiones públicas de religiosidad popular. Y eso está bien, porque no hace daño a nadie y permite abrir la mente hacia manifestaciones desconocidas para la mayoría.

Por el contrario, no he visto que se hayan programado encuentros con los presos, con los enfermos o los refugiados o, si se ha hecho, desde luego ha quedado oculto bajo una inmensa nube de incienso.

Compártelo:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *