Piadoso arraigo

El Cristo de la Expiración presidió un Vía Crucis lleno de contrastes

Eran las seis en punto de una tarde que barruntaba primavera en las inmediaciones de la Plaza Esteve y se abrían las puertas del Convento de San Francisco para sellar, un año más – y ya van treinta y seis-, la transformación que supone el Vía Crucis de la Unión de Hermandades; ese punto de inflexión que se inicia el Miércoles de Ceniza y con el que se entra de lleno en una vorágine cuaresmal cuyo epílogo será el Domingo de Ramos.

Huelga decir que todos los años es diferente, pero en este caso, además, se cumplió el tópico, pues este acto presidido por el Santísimo Cristo de la Expiración se hizo acreedor del lógico y castizo apelativo de “jerezanísimo”. Asimismo, y en sintonía con lo que se celebraba, la corporación impregnó tanto el traslado como el propio ejercicio de una sobriedad característica en lo estético y en lo espiritual, sólo rota en instantes señalados de su regreso como respuesta a la idiosincrasia propia de la hermandad y a la añoranza de una sede, la Ermita de San Telmo, de la que lleva alejada más de un año.

De ese modo, la imagen, que se elevaba sobre un novedoso Monte Calvario, volvió a echarse a las calles en pro de la meditación y el rezo sobre sus andas procesionales – de la misma manera que el 12 de marzo de 1984-, sin más luz que los cuatro hachones y los dos faroles del paso del Santísimo Cristo de la Defensión y portando la vela de las estrellas, donada por un grupo de hermanos en el 425 aniversario fundacional. El contrapunto musical vino dado por la Capilla Sonos Angeli, que acompañó al titular por las calles, así como por el coro catedralicio, un tenor, dos violines, una viola, un violoncelo y el órgano, que interpretaron, durante el transcurso del Vía Crucis, el recién recuperado Cántico al Santísimo Cristo de la Expiración, de Germán Álvarez Beigbeder.

La afluencia de público fue constante, si bien se redobló en el momento álgido del recorrido, acaecido a las puertas de su barrio, en la Cruz Vieja, donde avanzó varios metros fuera de los límites del itinerario previsto, en el delirio de un fervor que se constató en multitud de saetas, entre las que destacaron las de Eva Rubichi y Macarena de Jerez.

Como consecuencia de ello, este singular primer lunes de Cuaresma finalizó una hora más tarde de lo establecido, a las 00:00, y se reivindicó nuevamente en el imaginario colectivo gracias a una devoción trascendental para la Semana Mayor jerezana, que ofrendó a los cofrades con una jornada rica en contrastes.

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