Sus verdaderos amigos

Ángel Rodríguez Aguilocho

Juanito, era uno de esos niños que de un tiempo a esta parte llegaba siempre triste a casa. Casi no hablaba mientras comía. Nunca quería contar nada del colegio y mucho menos de sus compañeros. Se limitaba a entrar en casa, arrojar la maleta al suelo de su cuarto y tirarse en la cama bocabajo aplastando su cara sobre su almohada. Por más que su madre intentaba preguntarle nunca le contaba nada. Tanto se lee y se oye en los medios de comunicación, sobre historias y problemas que los niños padecen en las escuelas que su madre, asustada, estuvo en el colegio una mañana preguntando….pero tampoco encontró respuesta alguna. Hasta su padre, amigo inseparable de Juanito hasta hacía poco tiempo procuró hablar con él un rato pero también sin éxito. Se temían lo peor. Algo le pasaba con sus compañeros de clase. Algo que casi les daba miedo pronunciar. Aunque eso no les podía hacer mirar hacia otro lado.

Juanito había pasado de ser un niño alegre, divertido, bromista, a ser un auténtico alma en pena que se pasaba horas y horas encerrado en su cuarto sin otro objetivo que no hablar con nadie. Para añadir más inquietud a su madre, un nuevo comportamiento extraño tenía lugar de un tiempo a esta parte. A eso de media tarde, Juanito cogía y salía a la calle sin decir dónde. A veces, los días de frío, solía llevar unos guantes y un gorro de lana. Salía de casa, daba un portazo, y al cabo de las tres o cuatro horas volvía, por cierto, alguna que otra vez algo más tarde de lo normal. No respondía cuando le preguntaban donde había ido, pero eso sí, venía con una media sonrisa y mucho más tranquilo de cómo había marchado. Casi lo suficiente, como para después de cenar conciliar el sueño sin problemas, cosa que antes parecía no serle ten sencillo.

Una tarde, su madre ya preocupada, decidió seguirle. Era una tarde fría, de esas en las que cogía aquellos guantes viejos y aquel gorro de lana que no usaba desde hacía años. Le dejó salir y bajó la escalera con cuidado tras él para que no se percatara de que le seguía. Juanito recorrió un camino extraño, que a su madre no le recordaba a nada y que por un momento llegó incluso a preocuparle. Al final de un pequeño descampado, Juanito entró en una especie de local comercial. Ella permaneció fuera, a una distancia prudencial, mientras que veía que por esa misma puerta y a cuentagotas, iban entrando otros chavales de su misma edad y algunos mayores que él. Entre asustada y curiosa, esperaba allí apostada, a ver si alguna señal le podía decir qué demonios sucedía en el interior de aquel extraño lugar que no conocía.

De momento, sus dudas se disiparon. El primero en salir por aquella puerta fue precisamente Juanito, con sus guantes y su gorro de lana puestos, y para sorpresa de ella misma con un tambor apretado a la cintura y dos baquetas en una de sus manos. Y aún mejor, luciendo en su cara una sonrisa que su madre no recordaba casi desde cuando no le veía. El resto de sus compañeros fueron saliendo detrás de él y bromeaban entre ellos mientras se frotaban las manos para entrar en calor. Algo le dijo alguno de aquellos amigos, que le hizo a Juan soltar una enorme carcajada que casi hizo que a su madre se le escapara una inesperada lágrima mientas le veía a lo lejos.

Y comenzó aquel ensayo y el retumbar de aquellos tambores hacía que la ciudad recordara que dentro de poco tiempo sería semana santa. Y mientras, la madre de Juan volvía con una dulce sonrisa a casa, y aquellos atronadores redobles, que en alguna ocasión le parecieron molestos, le sonaron a música celestial. Quizás porque aquella noche descubrió, que un tambor y dos sencillos palos de madera eran los verdaderos amigos de su hijo.

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