Devoción primitiva

Los Santos Oficios precedieron a una jornada de gran tradición en la ciudad

Llegó el día de la Institución de la Eucaristía. Una jornada donde los Oficios abrieron una tarde de visitas a los monumentos al Santísimo Sacramento y, cómo no, de salidas procesionales con solera en el orbe cofrade.

Sin ir más lejos, la Iglesia de San Juan de los Caballeros fue partícipe, por enésima vez, de cómo la clásica y distinguida Hermandad de la Vera Cruz se echaba a las calles, en un año en el que volvió a ser una de las corporaciones con más estrenos patrimoniales de la Semana Mayor.

En efecto, la cofradía añadió un paso más a su cortejo, sobre el cual desfiló la reliquia del Lignum Crucis y se representó de manera alegórica el Triunfo de la Santa Cruz. Asimismo, comandaron por primera vez las andas de los titulares, y por un recorrido novedoso, Ezequiel Simancas y Manuel Serrano, cuyos costaleros – los de este último- tuvieron la oportunidad de guiar el camino de la Virgen de las Lágrimas, acompañada en lo institucional por el ministro de Asuntos Exteriores, Alfonso Dastis, y en lo armónico por un sinfín de singulares composiciones de corte fúnebre.

De manera semejante, la Lanzada desfiló por su itinerario reivindicando el inusitado contrapunto musical que rescató en 2008, un alarde melódico que nos retrotrajo a la década comprendida entre 1949 y 1959, lapso de tiempo durante el cual la banda que ponía sus sones era la Municipal, dirigida por aquel entonces por Germán Álvarez Beigbeder y Moisés Davia.

La formación a la cual se le encomendó esta empresa ayer fue la del Carmen de Prado del Rey, que se adecuó sin problema alguno al recio carácter carmelita que emanó, nazareno a nazareno, desde la Basílica.

Y desde otro templo señero del centro, la Parroquia de San Dionisio, se repitió nuevamente una las escenas arraigadas en el imaginario colectivo. Es el Mayor Dolor uno de los paradigmas de lo que supone el Jueves Santo, la pureza de una cofradía que se nos presentó con ese misterio que nos recuerda al cuadro de Ciseri. El Ecce Homo se mimetiza con el entorno y acapara las miradas de cuantos se cruza, como lo logra la titular mariana, que da sentido a la palabra “dolorosa”. La expresión de esta joya de la imaginería es una sobrecogedora metáfora de la aflicción de una madre que, asimismo, derrocha elegancia.

Por otra parte, la Oración en el Huerto tuvo que sacrificarse como en 2015 y 2016 y tomar por Bizcocheros. No obstante, aunque el rodeo perjudicara a los miembros de la corporación – cosa a la que, a buen seguro, se le buscará una solución-, no es menos cierto que este guiño al Barrio de San Pedro guardó intensos minutos de disfrute cofrade, donde brilló el buen trabajo costalero y en cuyo desarrollo se denotó el porte su comitiva, con un inimitable sello dominico.

Y por último, Jerez pudo atestiguar el contraste que encarna la Redención, un arrabal hecho cofradía que peregrinó por décima vez desde Icovesa para velar por su estilo, que se desplegó por una ilusión basada en el esfuerzo. Una labor continua por la que siguen avanzando y que se corroboró, en el ámbito artístico, en el inicio del dorado del paso de misterio y, en el penitencial, en una copiosa corte de túnicas hueso y azul marino.

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