El negro

Luisma Nigueta

Si en el ámbito cofrade escuchan la expresión “negro”, seguramente lo relacionen con el color de la túnica de una cofradía o con el carácter de la misma. Incluso podría ser el apodo de algún capataz o costalero. Sin embargo, este pasado domingo, escuché en una tertulia cofrade de esas que en verano se forman en cualquier chiringuito de nuestro litoral una frase que, en un principio, dejó al personal algo perplejo.

Les pongo en situación. Eran, aproximadamente, las tres y media de la tarde y un grupo de amigos nos encontrábamos desmenuzando -vaya hora para el análisis, con 40 grados a la sombra- un artículo publicado en las páginas cofrades de un periódico local cuando, de repente, uno de los contertulios, con voz firme, aseveraba: “Eso se lo ha escrito un negro”. Ante el desconcierto del resto de parroquianos, y después de refrescar la garganta con un buen sorbo de tinto de verano, preguntó: ¿sabréis lo que es un negro?

Las miradas desorientadas de la mayoría hicieron que una profunda carcajada surgiera del compañero que, nuevamente, volvía a insinuar: ¿de verdad que no sabéis lo que es un negro? Yo, que intuía de que hablaba, no quise responder. Intenté mantenerme en silencio hasta que no tuve otra opción que explicarlo.


Cogí mi “smartphone” de última generación y, para que nadie me discutiera la aclaración, busqué en el diccionario de la web de la Real Academia Española la palabra en cuestión. Negro -en su acepción número diecisiete- es la “persona que trabaja anónimamente para lucimiento y provecho de otro, especialmente en trabajos literarios“.

Magnífica descripción que todos cogieron al vuelo. Y usted, querido lector, ¿lo ha pillado?

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