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OPINIÓN

La transgresión de lo clásico

La presentación del cartel ha dejado en un segundo plano todas aquellas cosas que creíamos iban a remover los cimientos de la Semana Santa de Jerez, véase el hecho casi rutinario de que una cofradía pase delante de otra por la Carrera Oficial o que fulano vaya a tocar el martillo de no sé qué paso que antes sacaba mengano. 

En el sentido más literal de la expresión, la obra de Daroal no ha dejado a nadie indiferente. Estos días he leído y escuchado de todo. No ha habido medias tintas. Aquello de “bueno, bueno, pero sigamos hablando del martillo de fulano” no me lo ha dicho ni el más furibundo defensor de las esencias de la costalería. El cartel es monotema.

De todo cuanto he leído me quedo con la extendida idea de que estamos ante una obra modernista, innovadora e incluso transgresora. Y claro, ante este tipo de aseveraciones no queda otra que darle alguna vuelta no ya sólo al cartel, sino incluso a la propia historia de la cartelería y de la Semana Santa.

A mí me gusta el cartel. Me parece que traslada un mensaje directo y sencillo. Prescinde de cualquier tipo de floritura y utiliza elementos muy clásicos. Es elegante y extraordinariamente luminoso a pesar de que predomina el color negro.

Y no me parece para nada innovador ni rompedor porque incluso observo una vuelta a los modelos más clásicos de la cartelería, cuando un cartel era entendido como una herramienta de carácter publicitario y no cómo un cuadro para colgar en la cabecera de una cama.

Basta repasar la cartelería que se hacía en Jerez en los años cincuenta y sesenta para advertir de que lo que se está haciendo ahora no es sino conectar la corriente artística de aquella época con esta del primer cuarto del siglo XXI.

Y en este sentido, la cartelería semanasantera andaluza no hace otra cosa que seguir el camino ya emprendido por las hermandades y cofradías cuando se presentan en la calle.

¿La moderación de los exornos florales de los pasos de misterio y de palio puede considerarse una innovación o una transgresión? ¿Acaso puede entenderse una renovación que los tocados de las dolorosas se limiten a realzar los rasgos de las imágenes en lugar de ocultarlos bajo insoportables rellenos? No, es una vuelta a lo clásico. Es poner las cosas donde siempre debieron estar.

Las hermandades asistieron a un indudable florecimiento en los años setenta y ochenta del siglo pasado, pero fundamentalmente desde su vertiente social y en ningún caso en lo que se refiere a una estética que inició un camino que precisamente ahora se viene desandando.

La cartelería –que ha corrido en paralelo a esa estética- se puso entonces al servicio de aquellas nuevas formas, casi siempre con más artificio que sustancia. Y llegaron así los carteles ‘del gusto cofrade’, de ese dudoso gusto que ocultaba tallas y orfebrerías bajo interminables tallos de gladiolos y que incluso aplicaba betún de judea a las imágenes titulares para darles un aspecto más ‘flamenquito’.

Del mismo modo en el que ahora se dan ahora pasos atrás en busca de conectar con la estética más clásica de la Semana Santa, aquella en la que casi siempre ‘menos es más’, de ese mismo modo están trabajando los grandes referentes de la cartelería andaluza.

No están haciendo nada nuevo, nada innovador. Simplemente están recuperando el gusto por la simplicidad, dando marcha atrás a un camino en el que llegó a creerse que un cartel era algo así como estampa de besamanos, pero mucho más grande.

 

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