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Jueves de torrijas y azahares

La crónica del Jueves Santo

Esta mañana, nada más levantarme, lo primero que hice fue observar por la ventana, otear el horizonte dirección Sanlúcar de Barrameda esperando que las nubes que dejamos anoche no vinieran de nuevo de camino. Salí de casa y pude comprobar que en mis zapatos saltaban gotas de agua que en la madrugada anterior se dejaron caer.

Eran las seis de la tarde cuando se abrieron las puertas del Santuario Salesiano refugiado entre barriadas emblemáticas, como son las de Icovesa y Los Naranjos. Ese misterio de la Redención asomaba a través del dintel de la puerta, dejándose acariciar por los rayos de sol que, por fin, dejaban atrás los peores pronósticos climatológicos. Con paso firme y al son de una formación musical venida de las mismas puertas de nuestra serranía avanzaba ese portentoso paso de misterio.

Rozaba el reloj las siete y media de la tarde cuando el titular de la Hermandad de la Santa Vera Cruz, siempre acompañado por San Dimas y Gestas, llegaba con paso largo y racheado por la calle Porvera. El verdoso de sus helechos me hacían recordar aún el ya añejo capirote de terciopelo verde de otros tiempos ya vividos en el colegio del Pilar. Músicos ataviados con gorgueras acompañaban al paso del Cristo de la Esperanza.

También daba sus primeros pasos por la Carrera Oficial el impresionante paso de misterio de Nuestro Padre Jesús Orando en el Huerto acompañado por los acordes de la marcha “Nuestro Padre Jesús de la Victoria”, magistralmente interpretada por la Agrupación Musical ‘La Sentencia’, convirtiéndose en el preludio de la Confortación de Nuestra Señora aliviado por su ángel.

Sagrada Lanzada con un Longinos permanente que atrevesó el costado de Nuestro Señor, y también el de nuestros corazones al recordar el fallecimiento en este año de uno de sus fundadores, D. Rafael Navarro Núñez. Aquel viejo profesor que hizo de esta hermandad la cofradía de los estudiantes.

Ya casi al final de la tarde, dejaba caer la mirada sobre ese pretorio recubierto de plata donde Pilatos nos muestra al Ecce Homo -he aquí el hombre- a los sones de la Agrupación Musical ‘Nuestra Señora de la Encarnación’ de Sevilla. Detrás, una madre tan afligida, tan apesadumbrada, que no puede tener otra advocación que la del Mayor Dolor.

Afortunadamente, volví a mirar mis zapatos, los cuales no estaban salpicados de gotas. Habíamos podido culminar la jornada del Jueves Santo. Ahora solo quedaba mirar de nuevo al cielo y rezar para poder soñar con la Noche de Jesús.

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