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OPINIÓN

Si para rezar no hacía falta nada…

La opinión de Francisco C. Aleu

La crisis sanitaria está condicionando la vida de millones de seres humanos desde hace ya nueve meses, pero lo peor es que no se le adivina final. Cuando a mediados de marzo se decretó la suspensión de las procesiones de Semana Santa se dio por hecho que aquello sería un mero paréntesis en el curso de la historia. No en vano, hubo quienes especularon con celebraciones extraordinarias en verano. Incluso desde el Vaticano se apuntó la posibilidad de celebrar una Semana Santa en versión reducida en torno al día de la Exaltación de la Santa Cruz, el 14 de septiembre.

La realidad nos ha superado a todos y aquello que se presumió una anécdota, una raya en el agua, acaso un cursi ‘kit kat’, parece tener la envergadura suficiente como para remover los cimientos del conjunto de la sociedad.

Camino del tercer domingo de Cuaresma las hermandades se vieron atadas de pies y manos y sin otra alternativa que cerrar la puerta y esperar a que amainara el temporal. Los titulares se quedaron en los altares, los pasos a medio montar, las túnicas sin planchar, las papeletas sin sitio que asignar… Llegaron los días santos y a los hermanos se les invitó a participar en supuestas estaciones de penitencia consistentes en el visionado de imágenes de años anteriores (“a esta hora el Señor del tal y cual estaría llegando a…”) o a la lectura de oraciones en un grupo de wasap. Y se aceptó pulpo como animal de compañía porque no quedaba otra.

Faltan más de cinco meses para el Domingo de Ramos y el orbe cofradiero parece dividido entre el irracional ‘cofrades a la calle’ de quienes parecen vivir una realidad paralela y el ‘no es no’ que Pedro Sánchez acuñó tiempo atrás para sus cuitas políticas y que ahora asume como propio una corriente que navega a medio camino entre la mística y la indolencia más absoluta.

En 2021 -dentro de cinco meses y pico- no vamos a regresar a la Semana Santa de 2019, y ya veremos en 2022… El escenario no permite siquiera soñar con esa posibilidad, pero la necesidad de poner los pies en el suelo no debe traducirse necesariamente en abulia o haraganería.

El fin principal de toda cofradía de penitencia es promover y propagar el culto público a Nuestro Señor Jesucristo y a su Santísima Madre. A partir de ahí viene todo lo demás, pero por delante está el culto. No se concibe además la celebración del culto de manera individual, desde el sofá de casa ante la pantalla de un teléfono móvil o una tablet. Y no se concibe de manera individual porque si así fuera la hermandad estaría de más.

Pues en esa dirección debe trabajarse. Hay que hacer lo posible para que quienes forman parte de una hermandad puedan compartir ese culto. Llegado el momento quizá sea posible salir a la calle de algún modo o quizá resulte desaconsejable. A día de hoy nadie lo sabe, pero al menos habrá que intentarlo y explorar posibilidades, aunque a priori puedan resultar descabelladas.

Acaso en la actual coyuntura sea más viable que ese culto que deben compartir los hermanos de una corporación se celebre en un espacio concreto. Ahí está el ejemplo reciente del Gran Poder o el inminente de la Candelaria en los jardines de La Atalaya. No son pocas las voces que cuestionan este tipo de alternativas porque se reserva a los hermanos la participación en las mismas. ¿Y cuál es el problema? ¿Acaso no se celebran a puerta cerrada las celebraciones alternativas a la salida procesional cuando ésta debe suspenderse por la lluvia?

Tampoco se quedan atrás quienes sostienen que no es necesario sacar a las imágenes del templo si en el acto que va a celebrarse sólo pueden participar los hermanos. Olvidan que cuanto mayor sea el espacio mayor será también el aforo que se habilite y menor el riesgo para la salud. En un marco como el actual deben ser bienvenidos los templos al aire libre. ¿Es lo ideal? Posiblemente no, pero desde el punto de vista sanitario se antoja más adecuado incluso que la veneración en el interior de las iglesias, donde la acumulación de público podría estar contraindicada. En cualquier caso son opciones que deberían considerarse. Todas. En un contexto como el actual no hay que cerrarse a nada.

Dicen que todo eso -lo que sea- no es Semana Santa. Correcto. No es la Semana Santa que a todos nos gustaría y a la que ojalá podamos regresar algún día. Pero no estamos en la tesitura de hacer las cosas como a nosotros nos gustaría, sino de hacer lo que se pueda hacer. Lo que se pueda, lo razonable, lo que nos dejen. Cualquier cosa será mejor que volver a abandonar a los titulares en la penumbra de un templo cerrado a cal y canto.

Me dirán que todo esto es prescindible, que para rezar no hace falta nada, que Dios está en todas partes, y llevan toda la razón del mundo. Pero tendremos que convenir entonces que las hermandades y cofradías están de más, porque antes de la pandemia tampoco hacía falta nada para rezar y ahí estábamos. La religiosidad popular no deja de ser un teatro, una completa escenografía puesta al servicio de los sentidos.

Por eso idealizamos a las representaciones de Cristo y María mientras que los judíos y romanos tienen rasgos malvados. Por eso vestimos a la Virgen de reina. Por eso las flores, el incienso y la música… Por eso. Si ahora resulta que una crisis sanitaria nos lleva a la conclusión de que nada de esto era necesario igual es que hemos estado siempre confundidos haciendo cosas que no llevaban a ninguna parte.

En una hermandad se puede y se debe profundizar en conceptos tan necesarios como la formación, la oración y la caridad. Todo eso es básico. Pero lo que diferencia a una cofradía del resto de los carismas de la Iglesia es su capacidad para trasladar todo eso a la calle. Si no es así que sea porque no es humanamente posible ni aconsejable, pero nunca como resultado de nuestra propia indolencia.

Poco futuro tendremos por delante si asumimos el discurso de quienes consideran a la religiosidad popular como una rémora del pasado, porque si para rezar no nos hace falta nada podemos dejar el chiringuito cerrado ‘per saecula saeculorum’…

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