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OPINIÓN

Una vida suspendida

La opinión de Francisco C. Aleu

La reunión que este pasado miércoles mantuvieron los consejos de cofradías con las autoridades sanitarias andaluzas vino a confirmar que la próxima será la segunda Semana Santa consecutiva sin procesiones en la calle, algo que no debió pillar a nadie por sorpresa.

La Semana Santa como tal -las procesiones- estaban suspendidas de facto desde hacía ya algún tiempo. Así, al igual que su llegada se nos va anunciando a lo largo del año con señales de todo tipo, era precisamente la ausencia de esos signos externos la que venía decretando que en 2021 tampoco tendríamos cofradías en la calle.

El otoño es un tiempo de especial efervescencia y proliferación de señales. Se reúnen las cofradías de cada jornada para cuadrar horarios e itinerarios, se anuncian modificaciones en los recorridos, alguna cuadrilla de costaleros prueba calles angostas por si acaso fuera posible su inclusión en ese itinerario…

Se ha tomado por costumbre que antes del 31 de diciembre se remitan esas propuestas de horarios e itinerarios al Consejo para su visado.

Incluso algunos capataces tienen por norma convocar sus igualás antes de Navidad.

Y nada de eso ocurrió en este caso. Luego era blanco y en botella. Simplemente debía aguardarse a que transcurriera el periodo navideño, a que llegara el tiempo oportuno, para poner sobre la mesa aquello que ya estaba en la cabeza.

Hay quienes parecen no haber asumido todavía esa suspensión y se agarran para ello a la ausencia de un decreto que lo diga, porque así se ha hecho en otras diócesis.

No parecen tener en cuenta que la que nos ocupa está huérfana de obispo desde hace varios meses. Al frente de ella se encuentra un administrador, que precisamente por esa situación de interinidad -y porque quizá se sienta examinado- debe caminar con pies de plomo y medir sus palabras más que aquellos cuyo tiempo ya pasó y apenas aguardan merecido descanso.

Habrá decreto, pero el hecho de que aún no lo haya no significa que en Jerez no se tenga igual de claro que en el resto de Andalucía que este será el segundo año sin procesiones. Se ha dicho ya por activa y por pasiva, por acción y por omisión.

En esta sucesión en cascada de decretos episcopales sorprende que se anuncie la suspensión de algo que no se puede celebrar, porque los obispos -que se sepa- no tienen capacidad para decidir sobre algo que nos supera a todos. Han podido pecar de falta de humildad quienes decretaron la suspensión de las procesiones de Semana Santa, dado que no fueron ellos, sino la pandemia, quien se había encargado ya de hacerlo.

La vida de la humanidad en su conjunto, la vida que conocimos, se encuentra actualmente suspendida. ¿O acaso alguien entiende que la salida de las procesiones depende de un decreto episcopal? ¿Ha pensado alguien por un momento que si no hay papel firmado por un obispo es señal de que tendremos procesiones? ¿En serio? ¿Es tanto el poder de la mitra?

Es momento en cualquier caso de regular el modo en el que las hermandades y cofradías pueden mantener su actividad en este obligado periodo de hibernación al que las somete la pandemia, dispensándolas si fuera preciso del cumplimiento de algunas de sus obligaciones estatutarias, habida cuenta de que no es posible llevarlas a cabo. Esto sí está en la mano de los obispos, porque ya saben, “lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible”.

Toca establecer unas pautas para que puedan celebrarse de algún modo los oficios religiosos de la Semana Santa en base a las recomendaciones sanitarias que se vayan dictando en cada momento. Eso también está en la mano de los obispos.

Afrontamos una Cuaresma condicionada por la pandemia, de aforos reducidos, medidas de control y actos cultuales y culturales que apenas podrán realizarse en sus formatos habituales. Será el preámbulo de unos días quizá más tristes que los del año pasado, porque podremos salir a la calle pero no para lo que nos hubiera gustado.

Pasará el mal trago y se iniciará una nueva cuenta atrás hacia el Domingo de Ramos de 2022, que nos resultará tan incierto como hace meses nos resultaba el de 2021.

Ojalá para entonces hayamos aprendido que no conviene hacer planes a futuro, ni estemos esperando comunicados ni decretos de nadie. Ojalá para entonces entendamos que hay señales que anuncian la Semana Santa sin mayores formalismos y otras que presagian justamente lo contrario.

A la espera de que el futuro nos permita soñar con volver a recuperar aquellas pequeñas cosas que tanto echamos de menos, decretar la suspensión de las procesiones se antoja una redundancia, por cuanto nuestra vida se encuentra en suspenso desde hace ya casi un año.

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