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Igual que existen ausencias irreparables, existen vacíos que nada ni nadie puede cubrir.

La que llama a las puertas de esta extraña primavera será una Semana Santa sin cofradías en la calle y huérfana de pregón por segundo año consecutivo.

El Teatro Villamarta abrió sus puertas en la mañana del Domingo de Pasión en cumplimiento de uno de los ritos de las vísperas, pero dentro no hubo canto a lo que está por llegar porque lo que se viene encima no es aquello con lo que se sueña, sino una pesadilla de final incierto.

Siete pregoneros de la Semana Santa de Jerez entremezclaron sus reflexiones con la interpretación del Stabat Mater de Pergolesi en un acto tan severo como el momento que toca vivir, con la pandemia y la crisis social y sanitaria siempre presentes.

El mediodía de este domingo en Villamarta no invitó a soñar con la visión de los primeros nazarenos, ni con las candelerías de los pasos de palio avanzando entre naranjos.

Quedó huérfano de vivencias cofradieras y anécdotas, de esas chanzas que a menudo provocan la sonrisa del auditorio.

Lo de este Domingo de Pasión fue algo distinto que debe enmarcarse en estas vísperas de nostalgias anticipadas, en este desacostumbrado escenario de melancolías en el que se ha convertido ya la Cuaresma.

Quedó claro ya en el introito cuando Andrés Cañadas hijo dirigió una oración por las víctimas de la pandemia con el auditorio en pie.

Más aún si cabe cuando Andrés Cañadas padre evocó con voz entrecortada la memoria de pregoneros fallecidos en estos últimos meses, como Francisco Barra o José Rodríguez Carrión.

A partir de ahí se alternaron las interpretaciones de los pasajes del Stabat Mater de Pergolesi con las meditaciones pregoneras, con la Santísima Virgen siempre en el centro.

Ángel Hortas dirigió una capilla musical integrada por la soprano Cristina Bayón y el contratenor José Carrión; acompañados de los violines de Fernando Piña y María Losana, la viola de Susana Huertas y el violonchelo de Arancha Hernández.

Además de ese emocionado recuerdo a los ausentes, Cañadas padre evocó la Pasión de Jerez, en un pasaje salpicado de rincones y escenas de la Semana Santa que no viviremos por segundo año consecutivo.

Luego llegó el turno de Gabriel Álvarez Leiva, que reflexionó acerca de la Angustia de María ante la Pasión, en una meditación que detuvo su mirada en la imagen que cierra el Domingo de Ramos jerezano y que reivindicó que es precisamente en esa su angustia donde radica “toda la esperanza”.

Francisco Garrido Arcas dedicó su intervención a la Amargura de María en el Calvario, en un pasaje teñido del azul y el blanco de la dolorosa que se venera en la parroquia de los Descalzos y que históricamente ha sido fuente de inspiración de innumerables pregoneros.

Concluyó Garrido advirtiendo de que “los grandes dolores se soportan siempre en soledad”, en lo que sin duda obligaba a pensar en quienes han sufrido la enfermedad sin más compañía que su propia fe.

Andrés Cañadas Salguero sustituyó a última hora a Manuel Doña Jiménez, obligado por protocolo a guardar cuarentena en casa aunque en buen estado de salud, al igual que José Gallardo Quirós, cuya baja fue cubierta por Ángel Luis Rodríguez Aguilocho.

Cañadas hijo planteó precisamente sus dudas de fe, preguntándose “dónde estarán los amigos y hermanos que nos faltan”, una “duda eterna” que nadie ha sido capaz de despejar.

Jesús Rodríguez Gómez colocó a la Santísima Virgen en un Valle de Lágrimas, ese lugar en el que se encontraba María cuando “veía que se moría” su hijo “y no se podía morir con él”, que era ciertamente “lo que más le atormentaba”.

Antonio Gallardo Monje situó a su Virgen del Desamparo en la tarde del Viernes Santo, lejos de ese barrio de Santiago “que le tapa las penas” y evocó la letra del popular villancico de su abuelo. “María dale cobijo y cúbrelo con tu manto, para que no veas a tu hijo, la tarde del Viernes Santo”.

Rodríguez Aguilocho incidió en la Soledad de la madre que asiste a la muerte de su hijo y un par de años después de su pregón volvió a preguntar quién acaso “no se ha sentido solo” en algún momento de su vida.

Cerró el acto lírico musical Andrés Luis Cañadas Machado, el más veterano del elenco, para 43 años después de haber pisado Villamarta para cantar a la Semana Santa hablar de Esperanza y dejar en el auditorio el consuelo de que algún día, ojalá no muy lejano, todo vuelva a su ser y las ovaciones en el teatro de la plaza Romero Martínez preludien la presencia de la cruz de guía de la Hermandad de la Borriquita junto a los muros de la iglesia de San Marcos.

Hay vacíos, angustia y amargura, pero nunca se debe perder la esperanza.

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