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Un ceremonial de encanto y fervor

Los Gallardo son diferentes. Como se dice en ciertas ocasiones, están tocados por la varita mágica. Guardan ciertas similitudes en el fondo, pero cada uno tiene su impronta. Y ayer, Antonio Gallardo Monje dio muestras de ésto en un pregón cuyo desarrollo fue más teatral de lo normal, lo cual no implicó que el protagonista interpretara ni sobreactuara para dar más fundamento a un texto que estuvo repleto de brillantez, originalidad y elegancia de principio a fin.

No obstante, antes de su inicio, su hermano José Enrique sentó el precedente de lo que posteriormente llegaría desgranando una presentación a modo de recorrido familiar con un claro origen de abolengo gitano: Antonio Gallardo Molina.

A partir de ahí, Kike demostró, con una cariñosa y cuidada introducción, que no fue, es, ni será casualidad que un Gallardo se ponga frente por frente al atril del Villamarta. Teatro que se volvió a colmar de ese pellizco que se desprende de cada una de las frases que escribe quien tiene este apellido.

Sin embargo, este sobrenombre y lo que emana de su legado cristalizaron en el tercero de la generación, que comenzó su intervención -muy trabajada en lo audiovisual– dirigiendo unos versos a San José que contuvieron un claro trasfondo de amor paternal y que bien merecen más de una escucha. Luego, tras el saludo protocolario, expuso una interesante y respetuosa reflexión sobre la simultaneidad de la Cuaresma y el Carnaval, que relacionó con fechas señaladas para él y sus allegados, así como la devoción hacia Ntra. Sra. del Mayor Dolor. Se puede estar más de acuerdo o no, pero el planteamiento fue más que sugestivo.

Del mismo modo, desenvolvió la atracción del Señor de las Penas, escenificada en la figura de su sobrino Nicolás, que rehuyó cualquier apetencia familiar para acercarse al titular de la Hermandad del Desconsuelo.

También quiso acordarse del Padre Torres Silva, alma mater del otrora anhelado Colegio Oratorio Festivo, y de la Hermandad de las Angustias, que evocó en las voces blancas de una escolanía que interpretó el tradicional ‘Stabat Mater’ de Benedetti.

Pieza que, asimismo, le sirvió para ilustrar el encanto de la Virgen de los Remedios, por el cual apostilló la letra de una bulería ciertamente bien traída. Después, se le reconoció inspirado describiendo la majestad de la Virgen de la Paz en su Mayor Aflicción -pese a asegurar que “quise decir tantas cosas cuando me puse a escribir, que ahora tengo que admitir que lo que digo es bien poco”- y resumiendo didacticamente la importancia de la cruz, que se se multiplica por trece en nuestra Semana Santa y que él izó por mor del Santísimo Cristo de la Exaltación.

Aludió además al recordado Diego Romero Fabiere, destacando su distinción y su capacidad de pregonar con el poder de las imágenes. Y las imágenes estuvieron presentes desde otro prisma, ya que defendió el poder de las tallas procesionales por encima de la idolatría. En este punto, la glosa, que se llenó de la perfección hecha música gracias a Rosario Montoya, Luis el Zambo, la Macanita, Jesús Méndez, Dolores Agujetas y Felipa del Moreno entre otros, empezó a tomar velocidad de crucero al mismo tiempo que se elevaba a la máxima potencia la genialidad y la transmisión de Antonio: en el galimatías de su novedosa pero clásica lírica dedicada a la Hermandad del Prendimiento, en su homenaje a José Vargas y Curro de la Morena, en la analogía del parto y la Virgen del Traspaso, en las coplas al “Juanillo” de la Hermandad de la Expiración, en las dulces y toreras estrofas hacia esta última cofradía, en la grandeza que rodea a Ntra. Sra. de la Esperanza y, cómo no, en el ingenioso fragmento con el que se refirió a María Stma. de la Amargura, probablemente el más sobresaliente del pregón.

En él rememoró el agridulce vínculo de su abuelo con la dolorosa del Miércoles Santo, a la que a él gustaba imaginar con el trasfondo armónico del Bolero de Ravel -hecho real ayer-. Una parte, con “palito” incluido a ese incidente del “Suspiros de España interruptus”, que habló de la Calle de las Naranjas y de la inexistencia de las casualidades, que pudo abreviarse, en síntesis , en esa frase minimalista de José Luis Zarzana: “estas son las cosas de la Amargura”.

Por último, el arraigo a Ntra. Madre y Sra. de la Soledad y su plegaria pusieron el colofón a un anuncio de la Semana Mayor que triunfó por un Antonio Gallardo que desplegó su arroyadora personalidad y su duende mediante una propuesta distinta que, de la misma manera, empezó a mirar al futuro.

1 Comentario

1 Comentario

  1. JESUS DE GONZALEZ

    19 marzo, 2018 at 5:22 pm

    Para el año próximo, al pregón podemos traer a los HOMBRES G

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