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Martes de caracoles

Seguimos rescatando la premonitoria sección ‘Una Semana Santa cualquiera’, escrita por Pedro Pérez hace algunos años

Recuerdo aquellos Martes Santos, cuando, por San Mateo, las mujeres hacían del rojo y del negro los colores predominantes en sus prendas de vestir. Tan sólo es Martes Santo en el calendario litúrgico, pues no nos sorprende el deambular constante de cofrades con sus capirotes, entre los brazos, recién amasados en alguna que otra tienda que, este año, verá mermado su pingüe beneficio porque no procesionarán cabezas con tan penitente símbolo.

En la Calle Cabezas no retumbarán los ecos de esas saetas que, desde la Plaza de San Lucas, derramaban los ganadores del concurso que organizaba la Peña Flamenca Buena Gente. Desgarraban sus gargantas, para aliviar las Penas de un Hombre que, entrelaza sus manos y asiste absorto, a la escena en las que unos crueles Judíos, de tarada mirada, sortean sus ropas.

Las rejas de la puerta principal del Templo Gótico Mudéjar de San Lucas no dejan entrever la imagen de un Señor caído, vaticinando que un nuevo Miércoles Santo está llamando a la puerta.

Por el Convento de Capuchinos, el estremecedor drama de esas costillas que asoman por entre las carnes del Cristo de la Defensión no verá la luz del Mamelón por la tarde. Hoy no hay militares que depositen, ante los pies de esta castrense imagen, sus deseos y sus anhelos en forma de flores. Las peculiares colgaduras rojas y gualdas no velarán los muros de su tosco Templo.

San Benito, vuelve a ser lo que era, antes de que la Clemencia se encarnara entre los delantales, hebillas y roetes. Un barrio que huele a berza y a tardes de verano con improvisadas tertulias en la casapuerta. Quizás, los azulejos que pueblan las escaleras de los bloques rememoran aquellas tardes en las que salía al encuentro de dicho barrio aquél hombre que fue traicionado por el gesto más hermoso con el que manifestamos nuestros sentimientos los seres humanos.

Por las vetustas calles de nuestro casco histórico, ya no zigzaguea ese bullicio de níveos penitentes que se enredaban en la pena de una preciosa Virgen que, este año, quién sabe, quizás hubiese podido lucir en uno de aquellos carteles que editaba el Consejo y que anunciaban nuestra Semana Santa, sin embargo, ya no hay nada que anunciar. La única Hermandad que procesionaba con dos Pasos de Misterio y en los que un pelícano, símbolo del AMOR, presidía uno de ellos, no sorteará en esta tarde las minúsculas dimensiones de una Capilla que un día decorara nuestro añorado Fernández Lira.

Ni la majestuosidad del palio “juanmanuelino” de la Virgen del Desconsuelo con la mirada clavada en esa terrible espalda del Señor de las Penas por la Calle Justicia o por la Merced; ni la Clemencia en su eterna y única chicotá por la Carrera Oficial; ni el Cristo del Amor acariciando los balcones de la Calle Chancillería; ni la sublime obra de Antonio Martín que sirve de público altar al Cristo que vino desde la Cartuja, callejeando por la Tornería. La primavera, revoloteando por nuestra sin par Ciudad, a lo único que invita es a tomar un buen vaso de caracoles, que ya ha comenzado la temporada, mientras añoramos aquellos Martes Sagrados.

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