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OPINIÓN

Pepe y Paco

Luis Cruz de Sola


Pepe y Paco son dos cofrades casi anónimos. Los conocemos por sus nombres y muy pocos saben, siquiera, sus apellidos y alguna parte de su historia personal. Solo conocemos de ellos que son dos buenas personas, que son hermanos de la Hermandad de las Cinco Llagas, que asumieron hace muchos años la responsabilidad gratuita de abrir cada mañana la Iglesia de San Francisco, permanecer cuidándola varias horas, atender con paciencia y una sonrisa a todos los que le preguntan por cualquier cosa o casi se confiesan con ellos (algunos los llaman “padre”), y conseguir que cientos de personas, digo bien, cientos por no decir más de mil en algunos días, entren a postrarse ante el Santísimo, o a rezar y contar sus cuitas al Señor de las Cinco Llagas, a la Virgen de la Esperanza, a San Judas, a San Antonio o al anónimo y humilde Cristo Crucificado que, en semioscuridad, acoge y consuela nuestras aflicciones y tristezas.

Paco y Pepe son jubilados, tienen familia, podrían, como tantos, levantarse más tarde, desayunar con los suyos, salir a dar un paseo, disfrutar de nuestro Jerez y de su ambiente, ver la marcha de algunas de las pocas obras que se realizan en nuestra ciudad (oficio general de muchísimos “retirados”), o cualquier otra actividad que se les apetezca en cada momento.

Sin embargo, en nombre de su Hermandad, y con la confianza de la comunidad franciscana, se pegan un madrugón todos los días del año para abrir, a las 8,30 en punto, una Iglesia que seguramente estaría cerrada de manera casi permanente, y para demostrar que, por encima de todo, un templo dedicado a Dios es un lugar de oración, de intimidad personal, de cultos.

En San Francisco entran “rezadores”, como una vez le escuché decir a José Luis Zarzana, y pocos turistas, en general algo despistados, que se sorprenden del ir y venir de gente de cualquier clase y condición, en un edificio religioso que no es la octava maravilla del mundo, pero que es, simplemente y con grandeza, “Iglesia”, lo que debe ser una Iglesia.

Paco y Pepe son cofrades, de los pocos que van quedando que anteponen su espíritu de servicio a la Hermandad y a la Iglesia, a cualquier ostentación de cargos o de conocimientos profundos sobre imágenes, bandas, costaleros, vestidores, o lo que sea. Están allí todas las mañanas del año porque saben lo que supone abrir aquella Iglesia para cientos de personas, porque sienten que están trabajando por su Hermandad, porque conocen historias, decenas de historias contadas ante el Señor de la Vía Crucis o la Virgen de la Esperanza.

Han existido muchos “Pacos y Pepes” en nuestras hermandades que han sido ejemplo de humildad, de sacrificio, de vivir y sentir de verdad lo que es una Hermandad. Gente a las que apenas conocimos y que, desde su supuesta pequeñez, con su abnegado trabajo, con la sencillez de sus palabras, nos enseñaron a amar a Cristo y a María, y a comprender lo que significa ser cofrade: Fe, entrega, humildad, sacrificio, Iglesia, y amor, mucho amor por derrochar.

Gracias a Dios, todavía quedan algunos de estos Cofrades, con mayúscula. Los vemos cada día. En mi hermandad existen, en todas las hermandades existen. Unos abren y mantienen Iglesias, otros llevan cuentas, reparten cartas o lo que haga falta. Están a nuestro lado, pasan casi desapercibidos por la fuerza de la costumbre y, demasiadas veces, no les damos el sitio que su vida en la hermandad se merece.

Solo tenemos que buscar a nuestros “Pacos y Pepes”, acercarnos, darles un abrazo y decirles, simplemente, Gracias.

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