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OPINIÓN

El Museo de la Semana Santa

Luis Cruz de Sola

Es, junto con la dichosa polémica veraniega de la carrera oficial y del enojoso lío anual del reparto de fondos en las hermandades, un tema recurrente cada cierto tiempo promovido unas veces por las hermandades y otras por el Ayuntamiento. Y no pasa solo en Jerez. Otras ciudades llevan años discutiendo sobre este tema, sin dar ningún paso serio para llegar a un fin razonable.

¿Por qué no ha salido adelante este proyecto en nuestra ciudad si nuestras hermandades poseen uno de los mejores patrimonios existentes en España, tanto en calidad como en cantidad? ¿Por qué, en una ciudad carente de grandes apuestas museísticas, no se desarrolla un proyecto que cubra este espacio cultural, etnográfico y turístico, cuando, teóricamente, todo el mundo está de acuerdo en su necesidad? Pues hay, desde mi punto de vista, varias razones, unas expresadas y otras ocultas, en cada una de las dos partes implicadas.

De parte de nuestro Ayuntamiento, una clara falta de voluntad política que oculta el recelo de muchos concejales y de miembros de algunos partidos a dar “más cancha” a todo lo que suene a hermandades y a Iglesia. Falta de voluntad a la que se une, y es absoluta verdad, el importante montante económico, tanto de inversión como de mantenimiento posterior, que supondría la apertura de un museo para un patrimonio que, si en lugar de estar en Jerez estuviera en otros lugares, habría guantazos para inaugurarlo.

Y esta falta de fondos se ha comprobado en las reiteradas presentaciones “buenistas” de museos que se llevan anunciando en nuestra ciudad año tras año, sabiendo, ellos y todo Jerez, que, desgraciadamente, nada se puede hacer salvo que llegue el “rey Midas” de la Junta de Andalucía que, históricamente, ha mirado a Jerez por encima del hombro, y no será porque no se le ofrecen solares, palacios, casas o lo que sea de propiedad municipal.

A esta falta de voluntad política se une la falta de voluntad de algunos técnicos municipales temerosos de que, por tomar la iniciativa, se les tache de capillitas, meapilas, o lo que sea (y sé de lo que me hablo) y, por supuesto, el pánico escénico a las críticas siempre destructivas, siempre malignas, de muchos grupúsculos enemigos acérrimos de todo lo que huela a incienso.

Por parte de las hermandades tampoco se terminar de ver nada claro el proyecto ni aunque se lo regalen: el miedo a que sus piezas estén expuestas sin una absoluta seguridad; las molestias de tener que ir a llevar y recoger piezas cuando lleguen los momentos de culto; la necesidad de algunas hermandades de no restar ni un euro a la subvención anual sin la que no podrían sobrevivir, es triste pero es así; el que ya muchas hermandades tengan grandes piezas expuestas y no quieran aportarlas al museo; el temor a que el museo se termine conviertiendo en un almacén de pasos y tiestos para aquellas hermandades que no tienen donde guardarlo; la experiencia no especialmente buena de algún otro museo de nuestra ciudad; etc.

Por todo ello, y al final, Jerez se queda sin un museo patrimonial, histórico, cultural y religioso que, estoy seguro, contribuiría a que nuestra marca, tanto de ciudad como de hermandades, se viera potenciada. Un museo que añadiría otro atractivo más a los muchos que ofrece una ciudad que, tal como estamos viendo, tiene en el turismo una de sus pocas fuentes de recursos generadoras de empleo y riqueza.

Si hubiera ganas y buena voluntad por ambas partes, se encargara un proyecto serio, valorado tanto en inversión como en gastos, con contenidos adaptados a los tiempos, con piezas y elementos seleccionados, conociendo de antemano la rotación de las piezas expuestas, en un lugar apropiado, con un experto análisis de generación de visitas, con alternativas privadas, y con distintas opciones de gestión, todos tendríamos, de verdad y no por comentarios en redes sociales, un documento a discutir y a aprobar o desechar.

Este estudio sería un primer paso importante sobre el que poder trabajar por y para nuestra ciudad, y para conseguirlo solo hay que poner interés, sentido común, buena voluntad y algo de dinero. ¿Están ambas partes dispuestas a cumplir estos requisitos? Todos dirán que sí, pero, al final, me parece que no.

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