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OPINIÓN

Pensar en los demás

Luis Cruz de Sola

Día laborable en nuestra ciudad. 00:30 horas. Ni un alma en la calle, ni un coche, ni una mala moto. Las personas intentan descansar. Muchos ya duermen plácidamente y… de pronto: música a mil decibelios de cualquier banda. Gritos estridentes de un capataz que se desgañita para que sus costaleros entiendan lo que dice. Dos mil personas alrededor de la parihuela fumando, charlando o gritando. Alguna que otra cerveza en manos de esforzados costaleros o de, simples acompañantes. Y ruido, mucho ruido.

Me lo decía un amigo, que con cierta guasa, me contó su sobresalto al despertarse pensando que ya era Domingo de Ramos y estaba viendo salir la primera del día. Con los ojos como platos y un humor de mil demonios, se asomó al balcón, y, ¡oh tristeza!, se encontró con una sencilla parihuela con setecientas barras de hormigón encima, un radiocasete con dos bafles de tres metros y decenas de sudaderas y chubasqueros por si llovía. Y por supuesto, ruido, mucho ruido de aquellos hermanos y no hermanos que estaban preparando con orgullo y felicidad su Estación de Penitencia en la próxima Semana Santa.

Le dijo a su esposa y sus hijos, asustados, que no pasaba nada, que eran las cosas bonitas de Jerez. Resignado, se acostó dispuesto a escuchar los golpes del llamador del paso, antecedido de tres o cuatro poesías del capataz en honor a un costalero que se había recuperado de un resfriado y de otro que había, por fin, aprobado matemáticas. Cinco minutos, diez, quince. Aquello no andaba. El ruido seguía cada vez más alto. Un poco más cabreado, se vuelve a levantar, se asoma de nuevo a la ventana y, ¡Dios mío!, comprueba que ha tenido la mala suerte de coincidir con un “rengue” de la cuadrilla en un bar cercano y, lógicamente, todos toman cervezas y charlan de esto o aquello, mientras la lánguida parihuela está “aparcada” en un lado para dejar pasar a algún coche, de urgencias claro.

Mi amigo no es especialmente cofrade, le gustan las procesiones, no pertenece a ninguna hermandad, pero alguna vez ha disfrutado de besamanos y besapiés y hasta ha asistido a algún culto solemne. Defiende a Jerez, le gusta todo lo nuestro, tiene su palco en Semana Santa y se deja sus euritos para disfrutar de lo que le gusta. Le encanta ver los ensayos, el ambiente que los rodea, y reírse al observar las caras de sorpresa y hasta de susto de algún “chino despistado” cuando se encuentra con una especie de gran cajón de madera, cargado hasta las trancas de cosas extrañas, rodeado de gente que se abraza y hasta se besa y sonando música a toda pastilla. Estos tíos dirán que Jerez es preciosa, pero que su gente está como una auténtica regadera.

Pero mi amigo empieza a odiar que lo despierten de madrugada sin sentido, que tenga que esperar media hora en su coche porque una parihuela está haciendo una revirá preciosa en la esquina de una calle, o que, incluso, algún desaprensivo lo mire mal o lo insulte cuando le pide, por favor, que hablen más bajo o que la parihuela acelere el paso.

Como mi amigo hay otros muchos. Cada vez más. Personas que no entienden que no se tenga un mínimo de urbanidad y respeto hacia los demás cuando las cosas se podrían hacer exactamente igual con solo ser consciente de que hemos de molestar lo menos posible en estos traslados, ensayos, mudás, o lo que sea.

Hay gente consciente, lo sé, que manda callar, que intenta que la música sea comedida, que no se desgañita gritando, que hacen andar rápidas a las cuadrillas cuando piensan que pueden estorbar, que colocan a compañeros para avisar a coches y transeúntes, que, en fin, piensa que las personas no tienen por qué soportar ruidos y molestias, pero hay otros que van a terminar consiguiendo que personas como mi amigo, terminen aborreciendo a nuestra Semana Santa. Por favor mesura, siempre mesura.

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