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OPINIÓN

Unión de Hermandades

Luis Cruz de Sola

Conozco a todos los presidentes que hay y ha habido en nuestra Unión de Hermandades y a un gran porcentaje de miembros de su consejo directivo, y ahora mismo no recuerdo a alguno que me haya comentado que no haya salido harto de unos cargos que, cada vez más, se están convirtiendo en auténtica diana de descrédito para demasiada gente. Todos participamos en mayor o menor medida en este juego de tiro simbólico, sin darnos cuenta que estamos lanzándonos dardos a nosotros mismos, a las propias hermandades y a nuestra Iglesia, y de camino, con tanto jueguecito, dando comida a los detractores de todo lo que les recuerde que existimos.

Y hay responsabilidades, claro que las hay, porque olvidamos que la Unión de Hermandades somos todos y está compuesta por nuestros hermanos mayores, que son quienes eligen a un presidente y a su equipo para que nos representen, nos ayuden, nos defiendan, nos avalen, y, si me apuran, hasta nos guíen, pero que son ellos, los hermanos mayores, los que conforman el cuerpo real de este ente que es, además, absolutamente imprescindible. Porque los primeros tiros a esa simbólica diana lo realizan ese montón de hermanos mayores que solo miran por los intereses de sus hermandades y que son capaces de montar un numerito por temas insignificantes, y mejor no contar ejemplos porque nos avergonzaríamos, sin altura de miras, con desconocimiento de la importancia de su cargo, a los que un pleno les parece una pesadez e intentan evitarlo como sea, que se excusan en “decisiones de su junta de gobierno” para justificar su ineptitud, y a los que solo les interesa lo que todos sabemos: el recorrido y el tiempo en la calle de su cofradía (cinco minutos, por lo visto, es como dos horas para ellos), y cuánto le corresponde de subvención anual de los ingresos de la gestión de palcos y sillas.

Defiendo a los hermanos mayores. Soy consciente de las dificultades que viven, de los momentos duros que tienen que pasar, de los sinsabores, de los desagradecimientos, y hasta de las tristezas que genera el cargo, pero he vivido demasiados plenos, pre-plenos y post-plenos, como para comprender hasta qué punto no somos conscientes de la importancia de aquello que nos traemos entre manos, y cuánto desconocimiento y falta de solidaridad (y no hablo de dinero) existe en muchos hermanos mayores.

Es evidente que el presidente y los miembros de su consejo cometerán errores y aciertos, pero tanto en un caso como en otro tiene que estar el pleno de hermanos mayores para ayudar, para aplaudir, para corregir, y hasta para sancionar si fuera necesario, pero sin la implicación de todos cuantos lo componen, sin su esfuerzo y, sobre todo, sin sus ganas, la Unión de Hermandades seguirá siendo diana excelente para todo tipo de dardos, saetas y hasta disparos.

Hay más culpas y culpables en este descrédito, evidentemente. Todos ponemos nuestro granito de arena y desde el presidente hasta el último hermano de fila colaboramos consciente o inconscientemente, en ayudar a que la base, los cimientos de esta parte de nuestra Iglesia, sean inconsistentes y no aguanten el peso de su envergadura. Pero son ellos, los hermanos mayores, los que tienen el mayor porcentaje de responsabilidad, y no valen tantas excusas ni pretextos que no consiguen más que entristecernos al darnos cuenta de qué y quiénes nos representan y nos lideran.

He sido hermano mayor y asumo mi parte de culpa en este camino de deterioro que vivimos, por ello me atrevo a pedir a quienes ahora nos dirigen que acepten su responsabilidad, se dejen de zarandajas y empiecen de una vez a afrontar los desafíos que tenemos y a resolver los problemas reales que tenemos. Que, en definitiva, asuman que la Unión de Hermandades somos todos y le den la importancia que se merece.

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