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OPINIÓN

El síndrome de Münchhausen cofrade

Luis Cruz de Sola

Dice Wikipedia que “el síndrome de Münchhausen es un trastorno mental caracterizado por los padecimientos a consecuencia de crear dolencias para asumir el papel de enfermo”.

Pues bien, las hermandades han inventado una especie de síndrome de Münchhausen cofradiero. Se da en todo momento, pero muy especialmente en época de elecciones. Consiste en agigantar problemas de poca entidad haciendo parecer enferma a la hermandad. En ese momento, todos cuantos han alentado y engrandecido las “graves dolencias” que padece la institución, presentan o se presentan como buenos “médicos – cofrades”, capaces de solucionar los padecimientos que genera la dichosa afección.

Es una enfermedad casi de genética cofrade, pues intermitentemente se repite en algunas hermandades, siempre las mismas, que padecen problemas “gordísimos” y tan importantes como el que se cambie un vestidor, que haya enfados entre familias, que se modifique una calle del recorrido, que guste más una banda que otra, que haya alguien agraviado porque le han dado un cirio en lugar de ir en la presidencia, que se prefiera a un capataz, o, como alguien me dijo una vez: “porque aquí mandamos diez y el que dirija la hermandad está supeditado a nosotros o…”.

Sus síntomas varían: y los hay desde a las que les da vida y rejuvenece salir en los medios, escribir cartas públicas acusatorias, presentar denuncias por cualquier causa, liarla en un cabildo, o montar cualquier follón (¿habrá algo más ridículo que tirarse delante de una parihuela en un ensayo porque se iba a cambiar el recorrido?), hasta las que mantienen una guerra soterrada, de cloacas y, como ellos mismos dicen “muy vaticana”, para conseguir lo que unos pocos pretenden.

¿Los causantes de la enfermedad?, siempre personas a las que se les intuye y supone buena voluntad: desde cofrades “de toda la vida” que pretenden mantener a toda costa una “pureza” determinada, hasta otra gente, mayor, joven o de mediana edad, en muchos casos sin tener ni idea de qué es esto y lo que nos jugamos, y en otros casos como consecuencia de escasas prácticas de fe y conocimientos, o por los pecados mundanos del odio, la envidia, el orgullo o lo que ustedes quieran.

¿Su remedio?, ir al psiquiatra, pero como aún no se ha inventado la especialidad de “psiquiatría cofrade” (aunque ya alguna universidad está pensando en incluirla), y son tantos los que tendrían que asistir a consulta y de manera grupal, solo queda la medicina del sentido común, que casi nadie adquiere, o la cirugía final de nuestra Iglesia diocesana, muy poco dada, al menos hasta el pasado mes de agosto con el “caso Prendimiento”, a asumir decisiones “traumáticas”, e intentar que el tiempo y la buena voluntad, aunque sea de pocos, vaya curando las heridas y cicatrices que deja esta auténtica locura de enfermedad.

Gracias a Dios son muy pocas hermandades las que la padecen, pero cuánto daño hacen, cuánto hacen sufrir al resto, cuanta comidilla da la razón a los que no nos quieren, cuánta mentira hay en esos abrazos el día de la salida en la que todos nos queremos “un montón”, cuánta falsedad en las lágrimas en público de quienes dejan de vestir su túnica, cuanta falta de fe en quienes se niegan a perdonar cualquier agravio o lo que sea.

Alguien me dijo una vez: “todos estos problemas se arreglan con horas de Sagrario”. Le respondí: “Seguro, pero ¿crees que muchas de estas personas saben lo que significa?”. Por Dios, ¿tanto trabajo cuesta pedir perdón de corazón, darnos un abrazo, e intentar iniciar un nuevo camino aunque discrepemos de algunas decisiones de quienes nos dirigen? ¿Cómo es posible que el rencor imposibilite la asistencia a los cultos de nuestra hermandad aunque nos repela como está vestida una imagen, como han instalado el altar, o lo que sea? De verdad, ¿tan incapacitados nos deja nuestro propio egoísmo?

No lo entiendo, y menos aún dejar de vestir la túnica, una prenda tan sagrada que quiero que me amortajen con ella y que, pido a Dios, no deje de ponerme nunca aunque me vayan fallando las fuerzas. ¿Tan poco cariño le tienen?

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