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OPINIÓN

Nivel

Luis Cruz de Sola

Desde los años ochenta llevo asistiendo de manera intermitente a plenos de hermanos mayores y es curioso que durante estos más de treinta años he escuchado y sigo escuchando las mismas críticas y comentarios sobre los hermanos mayores y los miembros del consejo directivo de la Unión de Hermandades: bajo nivel cultural, enorme desconocimiento religioso, solo están ahí para medrar, no tienen ni idea de hermandades, da pena verlos en cualquier acto, lo escuchas y te pones las manos en la cabeza, hay que ver cómo visten algunos…

Comentarios que provienen de muchísima gente: desde los que jamás han dado un golpe en una hermandad, hasta los que van todos los días, los que trabajan con denuedo, los que solo se enteran de las noticias cofrades por los medios, los propios medios de comunicación, incluso hasta los que han sido hermanos mayores o miembros del consejo, hasta el tato. Todos o, vamos a ser un poco condescendiente, casi todos.

Hacer estadística del nivel cultural de los actuales hermanos mayores y miembros del consejo, como algunos hacen, nos llevaría a consideraciones erróneas y hasta tontas, porque en tantísimos años he conocido a gente sin título universitario con un nivel religioso y cultural impresionante, y gente con títulos académicos apabullantes que tenían la cultura de un niño pequeño. Personas de Misa y Comunión diaria que no sabían lo que era una Hermandad. Algunos con un don de palabra y capacidad de convicción altísima que representaban la más pura de las hipocresías. Y podría seguir, porque de todo ha habido, y me supongo habrá, en este trozo de la viña del Señor.

¿Cuál es la gran diferencia?, que si hace cuarenta o cincuenta años ser hermano mayor, benefactor o pertenecer a la Unión de Hermandades daba un cierto prestigio, aunque hubiera comentarios soterrados de cierta maledicencia, hoy, presentarse a un cargo en una hermandad es casi cosa de insensatos (benditos insensatos), si lo pensamos y analizamos con tranquilidad, porque ¿quién va a dar un paso adelante sabiendo que se expone permanentemente a un juicio público que, agigantado por el altavoz de internet, puede afectar a tu dignidad y hasta a tu vida personal?

Y esto consigue, como en el caso de nuestros políticos, que a un montón de gente válida, que podría aportar grandes ideas y mucho trabajo a nuestra labor diaria, no se le pase por la cabeza presentarse ni a consiliario vigésimo tercero, y que, demasiadas veces, tengamos que convencer, y casi obligar, a personas para que, con una cada vez mayor valentía, afronten las cargas que se les vienen encima. ¿Cuántas hermandades han terminado su periodo de presentación de candidaturas sin que nadie haya dado el paso adelante?

Y se me podrá decir, ¿Cómo entonces hay en algunos sitios dos o tres candidaturas, con presentaciones tipo políticas a base de coctel, promesas imposibles, trípticos con fotos envaradas, y hasta páginas de publicidad? La verdad, no lo sé, y no me explico que para dirigir a una hermandad se lleguen a dar y vivir situaciones cuasi esperpénticas.

Si sé, por el contrario, que gracias a Dios todavía existen cofrades con ganas de trabajar en nuestras hermandades, con deseo de hacer cosas, de normalizar situaciones, y se presentan para asumir responsabilidades y trabajos con una enorme buena voluntad. Cada vez son menos y, lo que es peor, cada vez serán menos si nos seguimos machacando a nosotros mismos. A estos cofrades responsables, que asumen cargos con o sin presentaciones públicas, con o sin grandes títulos académicos, sin pretensiones espurias, con el solo ánimo de luchar por su hermandad, por nuestras hermandades, a los que siempre tendremos que estar agradecidos pese a sus errores (¿quién no los ha cometido?), sí que tenemos que exigirle unos mínimos de coherencia de vida, de cumplimiento de las normas de nuestra Iglesia, de conocimientos de nuestra fe.

No exigimos a nuestros representantes que sean doctores en teología o derecho canónico, pero sí que desde que sean hermanos mayores, presidentes, mayordomos, o últimos monos en una junta de gobierno, cumplan con los preceptos esenciales de nuestra fe y de nuestra Iglesia.

Si todos los que nos llamamos cofrades asistiéramos a Misa los domingos, no estarían vacías nuestras Iglesias ¿o no? Y como este deber mínimo, hay otras obligaciones que, quienes son nuestros representantes, nuestros guías, deben forzosamente cumplir. Si no lo van a hacer, por favor, que se queden en casa y dejen a las hermandades en paz.

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