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OPINIÓN

Excesos

Luis Cruz de Sola

Es uno de los sinos de la época que nos ha tocado vivir. Excesos de agresividad, de abusos en trabajos y cortedad de salarios, de meternos en la vida de los demás y juzgarlos y condenarlos sin el más mínimo análisis lógico, de insultos y descalificaciones en las redes sociales por auténticos cobardes que no dan nunca la cara.

Las hermandades no vivimos ajenas a esta sociedad, sino al contrario, somos un reflejo de ella, de sus circunstancias, de su vida diaria, de sus costumbres, buenas y malas.

Evidentemente, tales excesos son valorados de distinta forma por cada persona, por cada Hermandad y hasta por nuestra Iglesia Diocesana, y lo que para unos es una barbaridad, para otros es una necesidad, lo que para unos es baladí, para otros es importante. Quizás, y casi siempre, tendríamos que intentar aplicar el sentido común y preguntarnos:

¿Es necesario el despliegue de medios, de esfuerzos, de páginas webs, de presentaciones públicas, de dípticos y trípticos, de gastarse un dineral, para presentar una candidatura a Junta de Gobierno pareciendo que nos va la vida para acceder a un cargo que, hay que recordar, es de puro servicio, no está retribuido sino todo lo contrario, obligará a un trabajo muy duro y generará bastantes más momentos malos que agradables? ¿De verdad alguien se cree que, por mucho dinero que se gaste, puede salir de hermano mayor, lograr el respaldo en su gestión y conseguir los objetivos que se ha marcado, si no ha tenido trayectoria alguna en su hermandad y no es conocido por nadie?

¿Son necesarias tantas “procesionsitas” acompañando a un pasito llevado por niños, precedidos de cuatro hermanos “enchaquetados y envarados” y otros quince o veinte niños más, rodeados solo por los padres de los niños, y seguidos de un pedazo de banda que suma ella sola más gente que todos los que están fuera y dentro de la procesión?

¿De verdad son necesarios tantos gritos y “pregoncitos” de capataces, tanta demostración de fuerza costalera que va a terminar destrozando nuestros pasos, tanto costal tapando hasta la boca, tanta sudadera con frases sacadas de no sé dónde?

¿Se busca lo mejor para la hermandad cuando algunos miembros, destacados o no, se apartan porque no están de acuerdo con algo o con alguien, y ostentosamente, otra vez los excesos, hacen alarde público de ello, acuden a programas para decir lo que se le ocurra en contra de su “enemigo” y hasta provocan concentraciones, dejan de vestir la túnica y de aparecer por la iglesia donde están los titulares por los que tanto han luchado? ¿Es necesaria tanta pasión mal entendida que tanto daño hace a todos?

Y podríamos seguir hablando de excesos hasta aburrirnos, de bandas que tocan marchas que solo consiguen desmoralizar a quienes las escuchan, de sacerdotes que ponen de vuelta y media a quién no esté de acuerdo con él y a sus propios compañeros, de altares extravagantes, de…

¿Son necesarios, de verdad, tantos excesos? ¿No nos damos cuenta de lo que llevamos entre manos? ¿No somos conscientes de cuáles son nuestros auténticos objetivos? ¿No comprendemos que tanto exceso mundaniza la mística, lo sagrado, el misterio de nuestra fe?

Por favor, que nuestros excesos sean en veneración, en fervor, en asistencia a cultos, en adoración Sacramental, en vida de Hermandad, en ayuda a nuestros hermanos, en unión entre las hermandades… en definitiva, que nuestros excesos sean de fe profunda, pública y de corazón, en aquello que nos vanagloriamos de decir que creemos.

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