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OPINIÓN

Fe

Martín Gómez Moreno

Ilustración / José Miguel González

En la Iglesia Católica, el lavatorio de pies simboliza la vocación de servicio, la humildad y la igualdad que todos sus fieles deben practicar.

Hoy Jueves Santo, se celebra el lavatorio de pies de los hermanos, esta ceremonia recuerda a los fieles cristianos del servicio hacia los demás sin importar la posición en que uno se encuentre porque somos todos iguales.

Esto nos hace reflexionar de nuestra misión, de nuestro cometido, o de nuestro compromiso como costaleros. Bajo los pasos que vemos en la Semana Santa van hombres -y mujeres en algunos lugares-, considerados portadores de la Fe, o como dijo el ilustre capataz Manolo Santiago: “obreros de Dios”.

Realmente es así, es la manera que en Andalucía tenemos de entender la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo: “obreros de Dios”…, ¡qué forma más bonita de llamar a aquellos que somos servidores de la Fe bajo las trabajaderas, donde solo se entiende la carga desde la vocación y el servicio! Servicio a las hermandades, servicio a los impedidos, incluso un servicio pastoral: no olvidemos que las cofradías se sirven de nuestro trabajo para que el creyente anónimo y hasta el no creyente, que nos ve también, experimente un acercamiento a Cristo y María. Así es como se entiende en Andalucía la Fe, de una manera distinta, no por ello carente de fundamento. Por tanto, el trabajo o el servicio que presta el costalero no es otro que el de servir a Dios y a su Bendita Madre.

Decía al principio que la ceremonia del lavatorio de pies, “recuerda a los fieles cristianos del servicio hacia los demás sin importar la posición en que uno se encuentre porque somos todos iguales”. Podemos también afirmar que bajo los pasos no hay etiquetas, no hay clases, no hay distingos, todos somos iguales: estudiantes, empresarios, obreros, doctores, profesores… Me atrevería a decir que es donde verdaderamente se vive de una manera más real el Evangelio, es donde el sentimiento llega a ser más de hermandad entre los unos y los otros, o donde la ayuda al prójimo se hace sin mirar a quién, ni el por qué.

En estos días de confinamiento, donde nos da tiempo de recordar momentos vividos, y donde encontramos en la reflexión la respuesta a muchos porqués, he recordado cuando en mi etapa como capataz de Nuestro Padre Jesús de la Salud en sus Tres Caídas tuve la oportunidad de vivir unos de los momentos más bonitos, más sentidos y de más profundidad en mi trayectoria. Fue la visita, en una procesión extraordinaria, al Sanatorio Santa Rosalía, hoy Hospital San Juan Grande con el Señor Caído. Acercar al Señor de la Salud a los enfermos fue un auténtico servicio, una autentica lección de vida y de Fe. En definitiva, dar sentido a porqué hacemos un esfuerzo donde no deja de ser un servicio, pero a la vez un regalo: el Señor estuvo una semana en la capilla del Santuario y en esa semana recibió la visita de muchos que no sabían si llegarían a ver partir de nuevo al Señor. Ver la mirada de los enfermos clavada en los ojos de Jesús fue una autentica lección de Fe, de esperanza, de saber que hay algo más después de la vida.

Estoy convencido de nuestra vocación de servicio, de nuestra entrega, cuando también nos ponemos frente a los más pequeños el Domingo de Ramos, cuando, con nuestro esfuerzo, llevamos la ilusión a miles de niños con el misterio de la Entrada Triunfal en Jerusalén (La Borriquita), como a ellos les gusta llamar. Sé cuanta ilusión contenida hay en ellos. Y de nuevo recibimos otra lección: la de ver a través de los ojos y el corazón limpio de los más pequeños. Pero no debemos olvidar la responsabilidad de ser espejo y ejemplo para ellos; la responsabilidad de saber que nuestro sitio de hoy, será el de ellos mañana; la responsabilidad en definitiva de entregar el testigo con la conciencia de hacerlo en las mejores manos.

Cargamos no solo con los kilos físicos de los pasos. El peso es infinitamente mayor: lo hacemos con la conciencia que el verdadero peso radica en la devoción de un pueblo que entiende la FE de esta manera tan singular, pero no más falta por ello de verdad.

En estos días donde esta pandemia nos esta dando imágenes trágicas, donde se pierden miles de vidas humanas, debe servirnos también como respuesta a todo lo que hacemos, a por qué lo hacemos y a mejorar si cabe la manera de hacerlo.

Por todo esto, somos obreros de Dios, trabajadores sencillos donde nuestro cometido es servir y por ello ofrecemos nuestro trabajo por lo demás, mayores, adultos y niños.

Ese es el significado de nuestro trabajo, lo hacemos porque nos gusta y las hermandades y la iglesia, en nuestra tierra, lo necesitan.

Todos de alguna manera somos servidores, costaleros de la vida, “obreros de Dios” cada día, con nuestro compromiso, con nuestra actitud, con nuestra entrega a los demás.

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